martes, 17 de octubre de 2017

Samuráis de Suruga (X): Como fantasmas en su propia tierra

2 comentarios
 
El capítulo anterior de la campaña de samuráis terminó con los personajes cayendo rendidos en la espesura. Están a un paso de regresar a sus tierras con una misión muy importante: sabotear el avance del ejército ishizaki. Pero... ¿podrán tres samuráis detener a todo un ejército?


Okura, Togama y Kyosuke se pusieron de nuevo en marcha mucho antes del amanecer, disfrazados con las armaduras lacadas de color verde del ejército ishizaki. A lomos de sus caballos, siguieron avanzando por caminos secundarios hasta descender de la cordillera hasta el valle del río Fuji. Más tarde llegaron a ver Kawamura, la misma villa por donde habían cruzado el río en su huida de Numazu. Supusieron entonces que contaría con una fuerte presencia ishizaki, así que decidieron rodearla para evitar problemas y cruzaron el río por el único vado que encontraron. Las aguas eran más caudalosas de lo esperado pero, pese a que los caballos relincharon un poco al verse con el agua al cuello, los tres jinetes consiguieron cruzar.

Poco después, mientras avanzaban por los campos evitando las aldeas, la aguda percepción de Okura les salvó de encontrarse con una patrulla enemiga. Ocultos en una arboleda, observaron en la lejanía que los estandartes de la patrulla pertenecían al clan Arai. Cuando pasó el peligro continuaron y, después del anochecer, los tres samuráis descabalgaron para descansar a orillas del río Aso. Era el mismo río cuyo kami los había ayudado cuando las tropas ishizaki habían cargado contra ellos durante la batalla en la llanura. Togama aprovechó para alejarse del grupo y purificarse en las aguas. Luego pidió disculpas al kami del río por la demora en su compromiso y le preguntó qué podía hacer para apaciguar su ira mientras hacía lo posible por erigir el santuario que le había prometido. El kami respondió que debía partir en búsqueda de una piedra de las fuentes del río, en la falda del monte Fuji. Esa debía ser la piedra fundacional del santuario que debía construir en Numazu. El sacerdote sintoísta comunicó el mensaje a sus primos, que encajaron como pudieron aquella nueva complicación en su misión. Al fin y al cabo, sabían que Togama no volvería a contar con la confianza de las ocho miriadas de kami a menos que pudiera cumplir las promesas que les había hecho.

Kyosuke, disfrazado con la armadura de sus enemigos, escruta la orilla opuesta del río a la luz de la luna.

A la mañana siguiente se pusieron de nuevo en marcha antes del alba. Al dirigir la vista río abajo distinguieron el torreón destrozado del castillo de Numazu en la lejanía y la espina que llevaban clavada en el corazón desde su huida pareció retorcerse. Después de esquivar otra patrulla enemiga por caminos secundarios, finalmente llegaron a la casa de té en el Camino del Mar del Este. Ataron los caballos y entraron. Era un local muy humilde, con un puñado de mesas donde varios lugareños tomaban un refrigerio. Al entrar, todos los parroquianos volvieron la cabeza hacia ellos y bajaron la voz al instante. Los samuráis, aún ataviados con las armaduras verdes, pidieron té y bebida al posadero y se sentaron alrededor de una mesa libre. Cuando hubieron esperado cierto tiempo, pronunciaron la clave que el señor Hosokawa les había transmitido para ponerse en contacto con su espía. Sin embargo, nadie reaccionó ni obtuvieron respuesta. Decidieron esperar un rato más a que los campesinos se marcharan. Finalmente, el posadero se acercó a su mesa y, mientras les servía más té, se dirigió así a ellos: «Saludos, viajeros. Mi nombre es Daigoro y parece que os envía mi señor. Venid a la trastienda y podremos hablar sin peligro». Lo acompañaron a la habitación del interior de la casa. Allí se presentaron y le entregaron el saco, que contenía una carta y unas monedas de oro que su señor les había encomendado entregar a su espía. Este leyó rápidamente la carta y luego inspiró profundamente.

—Cuando cayó la fortaleza de Numazu e incluso antes —empezó a relatar el espía—, Ishizaki envió sus tropas a las mansiones de los señores vasallos e hizo prisioneros a todos los miembros de las familias samuráis que aún no se habían quitado la vida. He oído que, tras el recuento de cabezas cortadas y el registro de todo el castillo, Ishizaki ordenó buscar entre los escombros el cadáver del heredero del señor Tadano y, al no hallarlo, montó en cólera. Uno de sus generales fue castigado duramente por ello.
—¿Sabes si hizo prisionero a alguien de la familia Kuroki? —preguntó Okura.
—Lo desconozco —respondió Daigoro—, esos días mi aprendiz y yo nos ocupamos sobre todo de facilitar la huida de algunos samuráis leales a Tadano, pero tal vez podría investigarlo más adelante. Sea como sea, lo más preocupante es que he oído decir a varios guerreros ishizaki que su daimio contrató a un experto en las artes oscuras para alzar los cuerpos de los caídos en la batalla y que lucharan en su bando.
—Sabíamos que habían usado magia negra —comentó Okura al recordar el picor que había sentido entonces en los brazos—, pero pensábamos que los habrían hechizado de algún modo.
—¡Alzar a los muertos es una aberración y una afrenta para las ocho miríadas de kami! —exclamó Togama escandalizado—. Ya es repugnante que se haya aliado con un hechicero, pero nunca me habría imaginado que Ishizaki pudiera caer tan bajo.

Después, todos se pusieron a debatir qué podían hacer para dar un golpe contra el ejército ishizaki. Algo que lograra detener su avance hasta la fortaleza de Shimada. Los tres samuráis informaron a Daigoro de sus ideas: una consistía en aprovechar el pasadizo secreto que habían usado para huir de Numazu para envenenar el pozo del castillo de algún modo. El espía les contó que no disponía de veneno suficiente para matar a todo un ejército, pero el que tenía tal vez bastaría para provocarles graves problemas de salud, aunque no tendría un efecto inmediato. Por otro lado, Okura propuso atacar las cadenas de suministro necesarias para abastecer el ejército invasor, pero poco después se dieron cuenta de que no podrían hacerlo ellos solos. Sin embargo, Daigoro les informó de que las tropas de Ishizaki estaban reuniendo provisiones para el invierno en el granero tras las murallas.

—Y si eliminamos ese granero —comprendió Okura—, obligaremos al ejército de Ishizaki a retrasar su avance.
—Exacto —le confirmó Daigoro—, por lo menos hasta la primavera, ya que no tendrían reservas para soportar el invierno. Sin embargo, necesitaremos aliados para crear una distracción. Pensad que el castillo de Numazu y sus alrededores están ocupados por el grueso de las fuerzas ishizaki. Una posibilidad sería buscar aliados entre los campesinos del pueblo de Numazu. Están muy resentidos con el trato que están recibiendo de Ishizaki y muchos conocen a la familia Kuroki, así que os ayudarían. Podríais infiltraros en el pueblo disfrazados como campesinos, y contar con ellos para organizar revueltas en todas las aldeas de los alrededores.
—Pero eso supondría correr el riesgo constante de que nos descubran —intervino Kyosuke—, ya que estaríamos justo bajo las narices del enemigo. ¿No hay otra opción?
—Bueno... El clan Morioka, cuyas tierras se encuentran al noreste, se ha aliado con Ishizaki pero los rumores dicen que lo han hecho a regañadientes. Es posible que os ayuden en secreto si se lo pedís, pero podrían no querer arriesgarse y en ese caso correréis peligro si os presentáis ante ellos.
—Está bien —asintió Okura—. Entonces tendremos que hacerle una visita después de pasar por el castillo y rezar para que Morioka aún conserve cierta lealtad por el señor Tadano.
—No os preocupéis, no iréis desarmados —dijo Daigoro. Luego levantó una de las esteras de tatami de la habitación y reveló un agujero de donde sacó una bolsa. Esta contenía cotas de malla muy fina y bastones de viajero, y dio uno de cada a los Kuroki—. Que no os engañen los ojos. Estas armaduras están hechas para ocultarse bajo ropas de campesino. De esta manera iréis más protegidos que con unos simples ropajes. Y estos bastones no son lo que parecen —cogió uno de ellos, tiró del asa y un filo de espada salió del interior—. Estas serán vuestras armas. No parecen gran cosa, pero puedan plantar cara a una katana perfectamente.
—Os agradezco vuestra ayuda, señor Daigoro —respondió Okura—, pero estas armas no serán necesarias. Si después de envenenar el pozo del castillo debemos partir hacia el norte para entrevistarnos con Morioka, será mejor que contemos con caballos para movernos más deprisa, y en ese caso prefiero contar con el disfraz que hemos usado hasta ahora, que nos permite ir bien armados y acorazados.
—Como consideréis —replicó el espía mientras hacía una reverencia—. Ahora os sugiero que descanséis. Partiréis a medianoche y mi aprendiz os acompañará hasta el castillo.

Esperaron hasta la hora de la rata y partieron hacia la fortaleza al abrigo de la noche. Raudos y veloces hicieron camino hasta llegar al linde del bosque situado tras el castillo de Numazu. La luz de la luna dejaba entrever unos andamios en lo alto de la fortaleza que revelaba que las tropas ocupantes estaban reconstruyendo el torreón central. Para ello, habían talado un gran número de árboles del bosque. Y no solo eso. Togama se indignó y maldijo a Ishizaki cuando vio el santuario del bosquecillo totalmente desmantelado para aprovechar la madera. El joven sacerdote sintoísta apretó los dientes y los tres samuráis penetraron en la espesura tirando de los caballos por las riendas. De súbito, oyeron una furiosa bandada de pájaros acercándose entre los árboles. Togama les apremió a que se ocultaran y les explicó que el kami del bosque estaba furioso por el abandono del santuario y la tala indiscriminada de los árboles. Avanzaron entre la maleza del bosque, que parecía querer entorpecer el camino a los samuráis. De hecho, una rama dio la impresión de querer abofetear a Kyosuke.

Finalmente, llegaron a la entrada del túnel, que seguía oculta y sin muestras de haber sido descubierta por el ejército invasor. El chico de Daigoro encendió un pequeño farolillo con el que iluminar la boca oscura. Poco después de entrar, descubrieron que había bifurcaciones que no habían detectado al huir del castillo un mes antes. Sus mentes habían estado concentradas en salir de allí lo antes posible y habían recorrido el túnel completamente a ciegas. Aun así, decidieron seguir el camino principal que conducía al pozo por miedo a perderse.

Unos segundos más tarde, oyeron unos pasos fuertes más adelante en el túnel. Al instante, todos permanecieron inmóviles y escucharon con atención. Los pasos se acercaban de manera firme y pesada. Cuando los sonidos se acercaron más a la luz, pudieron distinguir una enorme figura acorazada con armadura negra que avanzaba hacia ellos. Era un oni negro, uno de los soldados de élite de Ishizaki. Su presencia tomó a los Kuroki por sorpresa. No esperaban que su enemigo hubiera descubierto tan pronto la ruta de escape secreta por la que habían huido. Deshicieron el camino recorrido para tener más espacio para luchar puesto que el túnel se hacía más pequeño conforme se adentraba en la fortaleza. Desenvainaron las katanas y se prepararon para luchar contra un adversario temible.

Los Kuroki sabían de sobra que, aunque tuvieran la superioridad numérica, uno de aquellos demonios contaba por unos cuatro o cinco guerreros. El susodicho desenvainó su arma y todos pudieron comprobar que se trataba de una katana algo más ancha de lo normal. Se abalanzó contra Kyosuke, el primero de la fila, que paró el golpe pero el ataque de su enemigo fue tan potente que el impacto lo derribó al suelo. Sin embargo, su primo y su hermano estaban allí para ayudarle. Togama lanzó una estocada tan precisa con su palo bo que golpeó la muñeca del oni y lo desarmó. Kyosuke y Okura aprovecharon la ocasión y le propinaron sendos ataques. El enemigo soportó todos los golpes e incluso pudo recuperar su arma, con la que acometió de nuevo contra Kyosuke.


—¡Agachaos! —oyeron gritar a sus espaldas. Obedecieron al instante y vieron clavarse en el cuello del guardia un dardo emplumado. Pero el enorme samurái se siguió moviendo como si nada—. ¡Imposible...! —exclamó el aprendiz de espía—. ¡El veneno tendría que tener efecto inmediato, no se tendría que poder mover!
—Hechicería negra ishizaki —le contestó Okura con resignación. Sin embargo, no notó el picor en los brazos que había sentido durante su huida de Numazu y durante el breve terremoto en Shimada —. Espérate siempre lo peor.

No obstante, el samurái enemigo no pudo con todos los ataques más el efecto del veneno y finalmente sucumbió. Para asegurarse de que estaba bien muerto y no se volvía a levantar, le cortaron la cabeza. Solo entonces respiraron aliviados. Luego dudaron qué camino elegir por si hubiera más guardias en las bifurcaciones, pero finalmente decidieron seguir adelante hasta el pozo.

Dejaron pasar al chico de Daigoro con el veneno y este vació hasta la última gota del frasco. También lanzó un escupitajo como regalo personal. Después, regresaron hasta la primera bifurcación el pozo y la tomaron, decididos a explorar el subterráneo. Con la luz del farolillo descubrieron unas pequeñas mazmorras abandonadas.

—¿Sabíais algo de esto? —les preguntó el chico.

Los tres Kuroki respondieron negativamente, muy asombrados. Ni siquiera su padre les había hablado nunca de aquel lugar. De repente, todos oyeron de nuevo unos ruidos que parecían pasos cercanos. Sus cuerpos se tensaron y se quedaron quietos esperando a que alguien les saliera al paso pero... nada. Al cabo de unos segundos, el único sonido era el de sus corazones latiendo intensamente. ¿Se habrían imaginado aquellos pasos? ¿Sería algún espíritu abandonado que aún deambulaba por las mazmorras? ¿O sería otra artimaña más de los Ishizaki? Pese a sus miedos, exploraron todo el área y acabaron descubriendo dos pequeñas cavernas anegadas por el agua. La exploración terminaba allí.

Sin embargo, antes de marcharse, a Kyosuke se le ocurrió echar el cadáver del guardia negro en el agua del pasillo anegado. Por si acaso. Finalmente, salieron de los túneles y tomaron una gran bocanada de aire fresco. Vieron con sorpresa que faltaba poco para el amanecer, así que el aprendiz de Daigoro se despidió de ellos y se marchó en dirección a la posada de Daigoro, mientras los tres Kuroki montaban de nuevo en los caballos y se preparaban para el viaje hacia el norte.

Mientras avanzaban por caminos secundarios, los tres samuráis se vieron obligados a esquivar una patrulla ishizaki. Más adelante, un grupo de quince jinetes con el estandarte verde de Ishizaki los vio primero y no pudieron esconderse, así que tragaron saliva y rezaron porque sus disfraces y su labia pudieran salvarlos de nuevo.

—¿A dónde os dirigís? —les espetó el líder de la patrulla tras intercambiar saludos.
—Llevamos un mensaje urgente del señor Ishizaki para el clan Morioka —improvisó Okura—, y a cada instante que pierdo hablándoos, aumenta la furia de mi señor.

Los samuráis les dejaron seguir con su camino sin hacer más preguntas y los tres Kuroki espolearon a sus caballos. Mientras reanudaban el camino al galope, intercambiaron miradas de complicidad.

Al anochecer del mismo día llegaron finalmente a las tierras de los Morioka. donde el gran monte Fuji ocupaba todo el paisaje al este. Anunciaron a los samuráis que les recibieron que traían un mensaje del señor Ishizaki y que debían entregarlo personalmente a su señor. Les respondieron que este había salido, pero les invitaron a pasar la noche en una de las estancias de invitados. La tarde del día siguiente, fueron conducidos a una sala privada. Allí tomaron asiento y esperaron. Aunque parecían estar solos, los tres samuráis sabían bien que tras las paredes de papel aguardaban en silencio numerosos guerreros armados. Desarmados y rodeados de samuráis, los tres Kuroki fueron muy conscientes de que, si Morioka no albergaba ya ningún tipo de lealtad por el heredero de los Tadano, sus días habrían terminado. Finalmente, el señor Morioka entró en la sala noble acompañado de su hombre de confianza y tomó asiento en el lugar de honor.

—Me han informado de que traéis un mensaje privado —empezó Morioka sin rodeos—. Decidme, ¿cuál es?


Sin alternativa posible, Okura, Togama y Kyosuke revelaron su identidad y luego le contaron que tras la ofensiva ishizaki contra Numazu, habían rescatado al heredero de Tadano del castillo y lo habían puesto a salvo en Shimada. A continuación, confesaron que habían regresado para pedir su ayuda para frenar la ofensiva ishizaki. Cuando hubieron terminado de exponer su súplica, tragaron saliva y esperaron la reacción de Morioka.

*     *     *

Y hasta aquí el relato número diez de la campaña de samuráis. ¿Qué ocurrirá a continuación? La aventura continúa (¡o tal vez no!) en el siguiente episodio...
 
© 2012. Design by Main-Blogger - Blogger Template and Blogging Stuff